“J. no deja de moverse desordenadamente, no puede estar sentado, no presta atención. Nos vuelve locos a todos “
“Venimos porque L. se pone re agresivo, se enoja demasiado, eso no está bien. Él debería estar contento con lo que tiene, no puede reaccionar así.”
“M. dejó los pañales, pero se hace pis cada noche, no sabemos qué le pasa. A veces pienso que lo hace a propósito. “
De las entrevistas con diferentes madres/padres.
En la actualidad nos encontramos con una naturalización de los “diagnósticos infantiles” que vienen a dar respuesta a lo que “no encaja”. Digo “no encaja” en determinados espacios, es decir, los que demandan una respuesta ante este “malestar” no son los niños, sino el otro, llámese escolar, social, médico o terapéutico.
Vemos discurrir en el orden social los diferentes “estigmas” con que se clasifica a los niños: son hiperquinéticos, tienen ADD (trastorno por déficit de atención y comportamiento perturbador), etc. Lo cierto es que parece que los niños hoy en día no tuvieran la posibilidad de desarrollar algo de su subjetividad en el tiempo ni con los recursos necesarios.
El discurso del otro adulto responde a través de la promoción del uso de medicamentos, sanciones, premios y castigos y no está -muchas veces- dispuesto a soportar el malestar que es propio del (pequeño) ser humano. Cuanto más el otro decodifica a los niños y los coagula en una posición, menos les posibilita representar, jugar, dibujar, hablar, decir acerca de su historia y sus padecimientos.
Lo que está en juego para el niño es justamente la posibilidad de jugar, y con esa otra escena que se crea en el mismo juego, abordar lo real del mundo que los rodea, en fin, generar sus propias elaboraciones acerca del origen, de la sexualidad, del amor parental (qué lugar ocupan él y los otros en el deseo de sus padres), de la muerte y de la realidad con la que les toca lidiar.
Es que tanto el juego como la ausencia del mismo, son indicadores de cómo se está estructurando ese niño, de cómo está pasando de ser tal vez cierto “objeto” del otro (llámese padres o figuras que cumplan su función) a ser un “sujeto”, con sus rasgos y trazos diferenciales, únicos; y cómo en ese camino se pueden dar algunos pasos más hacia la posibilidad de la palabra, del lenguaje y de la creación.
Nuestra apuesta es ofertar un lugar, alojar el sufrimiento y apostar al sujeto. Tomando una cita de Alba Flesler “El psicoanálisis atiende al niño, pero apunta a un sujeto”, que no es solo infantil, sino sujeto de una estructura del lenguaje y que posee tiempos más allá de su edad cronológica. Para mi este no es un sujeto acabado, sino en constante formación y que necesita su lugar y por eso los analistas ofrecemos nuestra presencia y escucha, promovemos el juego y la palabra. Pero la pregunta ¿qué lugar para el niño y su malestar? abarca también un más allá del consultorio, abarca otros espacios, incluso a la sociedad misma. ¿Seremos capaces de alojarla?
Lic. Florencia Fracas
Miembro de EntreLíneasPsi
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