lunes, 9 de mayo de 2011

Psicoanálisis y Psicoterapia: su especificidad, su diferencia.

Unas preguntas que serían válidas a la hora de encontrarse con un posible tratamiento es ¿qué diferencia al psicoanálisis de las psicoterapias (sistémica, cognitiva, etc.), y por qué un analista no podría utilizar sus técnicas a la hora de atender en el consultorio?
Propongo algunas reflexiones interesantes al respecto.
Releyendo un texto de Enrique Castro, sobre las diferencias antes propuestas, nos  comenta que a la hora de atender “solo es posible la combinación de diferentes técnicas terapéuticas cuando estas se basan en los mismos paradigmas teóricos.” Esto es que, tanto la terapia sistémica, conductista o cognitiva, pueden compartir sus técnicas ya que comparten el mismo paradigma constructivista, en cuanto a la relación del individuo-sujeto con el objeto de conocimiento. Estas terapias proponen una relación para pensar el sujeto y el objeto, y esta relación es de conocimiento. En las psicoterapias, las intervenciones están mediadas por un esquema importado del método científico, es decir, que en cada paciente se buscará demostrar una efectividad general, lo que hace pensar que cada persona debe ser pasada en sus resultados por un esquema de validez y eficacia que trasvasa su singularidad.
Lo anterior tiene efectos en la clínica: la separación entre sujeto y objeto supone y reproduce la idea de que el sujeto de conocimiento es el propio experimentador, él es el que sabe y por otro lado el sujeto que consulta es el objeto de conocimiento.
En cambio, la relación que propone el Psicoanálisis, no es de conocimiento, es de deseo tal como afirma Castro. Es decir, el sujeto no se dirige al mundo de los objetos para conocerlos, sino para saber de la causa de su deseo, de su falta. Es un sujeto del Inconsciente, sujeto del lenguaje, es por tanto un sujeto dividido, esta es una categoría epistemológica propia y específica que proclama la existencia del inconsciente y la del sujeto mismo.
En el psicoanálisis las intervenciones del analista apuntan a rescatar la singularidad del caso por caso, y  ponen en juego una articulación que implica: el valor de la palabra del sujeto, la suposición de una verdad en juego en ella, la suposición de un saber que le otorga a esa palabra un valor único. El analista “hace semblante” de saber, pero apuesta al saber del sujeto, que no es consciente, al “saber no sabido” (por el yo).
Por eso el síntoma para Freud tiene un sentido, y este no está a disposición de la conciencia; los síntomas, los fallidos, los sueños y los lapsus son formaciones del inconsciente, y es ahí, en ellas, donde aparece el sujeto mismo. La apuesta va mas allá, Freud plantea que los síntomas son una satisfacción sustitutiva, un modo de gozar, y tienen su base en las fantasías, lo que lo lleva a hablar de realidad psíquica; Lacan, retomando a Freud, dirá que el síntoma y el sujeto mismo son efectos del encuentro entre el goce y la palabra.
Entonces, para el Psicoanálisis hay angustia estructural, hay división subjetiva y hay un resto que queda por fuera de lo subjetivado, por fuera de la palabra; hay un resto real. El psicoanálisis hace un tratamiento de lo real; las psicoterapias no toman en cuenta lo inconsciente, lo subjetivo y  lo real, ya que trabajan sobre las representaciones que el yo tiene de lo real.
El Yo, para estas terapias, es el lugar a través del cual el sujeto construye su mundo de representaciones cognitivas, lugar donde se construye el conocimiento, mientras que para el psicoanálisis el Yo es el lugar del desconocimiento.
En ese punto son coherentes, ya que todas se dirigen a la obtención de un cambio en la conducta del individuo, sin interesarse por las causas, buscan “la cura de los síntomas”; en cambio el psicoanálisis se pregunta por su sentido y tiene en cuenta que estos proveen una satisfacción a la que el sujeto no siempre está dispuesto a renunciar.
Pero lo que define la mayor diferencia es la posición que un analista tiene en contraposición de un terapeuta, ya que solo el primero se autoriza en un acto, que pone en juego su deseo y su ética, llevándolo a preguntarse por su propia práctica; la pregunta “¿qué hice?” reafirma la “autorización de sí mismo” que el analista realiza.

Lic. Florencia Fracas
Miembro de EntreLíneasPsi

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